La librería de tu barrio

Nacido en Santiago de Chile, el 28 de abril de 1953, pero su infancia transcurrió entre Valparaíso, Viña del Mar y, sobre todo, en Los Ángeles (provincia chilena de Biobío). Había aprendido a leer a los tres años y, a los cinco, su madre descubrió que tenía la capacidad intelectual de un chico de seis o siete años más. El médico lo confirmó y aventuró que su coeficiente continuaría creciendo. A partir de ahí, la biblioteca familiar no paró de agrandarse y era el tesoro que el joven Roberto compartía con sus amigos del barrio. Algunos de ellos, años más tarde, contaron que a muy corta edad él ya demostraba un vocabulario muy rico, una cultura diferente a la de sus compañeros y vecinos. Compartieron también que, gracias a Roberto, habían aprendido a hablar (y pensar) de un modo distinto.
A los 15 años, Roberto Bolaño vivió dos momentos que lo cambiarían por el resto de sus días: instalarse con su familia en México y comunicarles que ya no continuaría con la escuela secundaria. A esa edad, ya tenía muy claro que sería escritor y, para ello, debía vivir como escritor. Fue él, entonces, quien se asignó un propio y personal plan de estudios: no solo una serie de libros, sino también un estilo de vida, de acuerdo con lo que él creía que debía ser y hacer un escritor de verdad. Así, leyó a muchos de sus autores favoritos, entre ellos: Nicanor Parra, Mario Santiago, Jorge Luis Borges, Philip Dick, Edgar Allan Poe, Raymond Carver y el francés Arthur Rimbaud, de quien castellanizó su nombre (Arturo Belano) para componer su alter ego literario. De día, tomó algunos trabajos que le permitían sobrevivir (camarero, lavaplatos, vigilador de camping) y, de noche, escribía para lanzarse sobre su verdadera existencia. Hubo varios momentos de mala racha y de incertidumbre, sin saber cómo podría sustentarse. Sin embargo, nunca abandonó el entusiasmo ni la certeza de que triunfaría como autor. 

Se dice que su relación con Chile siempre fue difícil. Luego de cinco años de vivir en México, volvió a Santiago en 1973, porque quería formar parte del proceso de la Unidad Popular y apoyar las reformas socialistas de Salvador Allende. Bolaño había regresado con la intención de observar su país como un intelectual y registrarlo todo. Sin embargo, su estadía no duró demasiado: el Golpe Militar perpetrado por Augusto Pinochet, el suicidio (según el relato oficial) de Allende y los ocho días que él mismo estuvo preso por la policía chilena hicieron que el joven autor decidiera retornar al DF mexicano. 
El destino, a partir de 1977, también lo llevó a Cataluña, Barcelona y Blanes: tres ciudades españolas que lo enamoraron, inspiraron y desafiaron para escribir gran parte de su obra. Literariamente, entonces, podría trazarse un cierto recorrido entre Chile, México y España, el cual Bolaño tradujo en sus textos a partir de las vivencias y experiencias que, como él mismo admitió, no lo construyeron como un escritor chileno, mexicano ni español, sino como un escritor de la lengua castellana.
 


Alma de poeta
Su gran amor fue la poesía. Desde muy joven comenzó a escribir versos y, en 1976, con solo 23 años, publicó su primer libro: Reinventar el amor. Con el tiempo, llegaron Los perros románticos (1993); El último salvaje (1995); Tres (2000), y otros que dieron lugar a la magnífica La universidad desconocida (2007), que más tarde Editorial Alfaguara compiló en un único ejemplar: Poesía reunida (2018). Toda su trayectoria poética, en la que no falta belleza, ironía, crudeza, melancolía, impaciencia y exasperación, está estructurada con un simbolismo muy particular, en el que Bolaño acudió a muchas referencias de la historia, las letras y artes, para darle forma a un fondo único y personal. Lo interesante de esta intensa producción es que también sirve como clave de lectura para su obra narrativa.
Aquí ya había esbozado, casi como una suerte de borrador, otros tantos temas que más tarde desarrolló en sus cuentos y novelas: la vida, la muerte, el amor, el sexo, los libros, las palabras, la libertad, la miseria. Y así como en sus relatos muchos personajes son escritores y vinculados al mundo editorial y del libro (fracasados y exitosos), en sus poemas rescata a autores de diversas épocas, con quienes dialoga para explorar las posibles relaciones entre historia, literatura y vida.
Esta faceta tan vanguardista de aunar literatura y vida también lo llevó, junto a su amigo y colega Mario Santiago (entre otros autores) a fundar un grupo literario que llamó "los infrarrealistas". Se trataba de escritores que tenían en común, como señalan algunos autores, "volarle los sesos a la cultura convencional". Así, muchos de sus poemas, incluso aquellos que viraron hacia la prosa poética, se caracterizaron por la disonancia, la transgresión y otros elementos dadaístas para romper con aquello que consideraban "literatura oficial". Es por eso que también detestaba a Octavio Paz, a pesar de considerarlo un gran poeta. Con esta "actitud infrarrealista", los jóvenes poetas del grupo se presentaban en bares donde distintos autores recitaban poesía, para provocarlos y boicotear sus lecturas. De alguna manera, Bolaño y los adeptos del infrarrealismo se habían convertido en la Generación Beat de México.

El narrador del exilio
"Para mí, el exilio fue riquísimo. No hubiera sido el mismo escritor", dijo Bolaño en una entrevista. Y fue allí, fuera de su país, que tomó una noción inmensa por la cuestión latinoamericana. En su narrativa, luego de su breve experiencia durante el sangriento gobierno de Pinochet, el fascismo y el nazismo fueron algunos de los temas que abordó, por ejemplo, en su tercera novela: La literatura nazi en América (1996). Si bien Bolaño ya había publicado varios libros antes, fue a partir de este texto con el que comenzó a despertar la curiosidad e interés de la crítica y el público. La temática sobre las dictaduras, la opresión y el horror volvió a estar presente en Estrella distante (1996) y la póstuma Tercer Reich (2010). 
 Algunos críticos de distintos países de la región comenzaron a rastrear sus otros escritos y llegaron a compararlo con dos extraordinarios argentinos: Macedonio Fernández y Jorge Luis Borges. No obstante, su máximo esplendor llegó con Los detectives salvajes (1998) y la también póstuma 2666 (2004). Con la primera ganó el Premio Herralde de Novela y el Premio Rómulo Gallegos; y por la segunda, el Premio Municipal de Santiago de Chile; el National Books Critics Circle Award, y el Premio de la revista Times a la Mejor Novela del Año, entre otras distinciones.
Dicen algunos expertos en su obra, que Bolaño fue un escritor que, sobre todo, reescribía. Él mismo contó una vez: "Me gusta mucho reescribir, porque siempre tengo miedo de estar haciéndolo mal, más allá de que las páginas siempre están llenas de imperfecciones. La novela es un arte imperfecto, no es como un poema o un soneto de Quevedo. La novela, dentro de todas las disciplinas literarias, probablemente sea la que más impurezas acepta". Con esta lógica, Bolaño estructuró y desarrolló otras de sus historias. Por ejemplo, la reescritura del fragmento final de Literatura nazi en América le sirvió para llegar a Estrella distante; y la reescritura de un fragmento de Los detectives salvajes para dar luz a su novela Amuleto (1999). Es decir, el autor volvía una y otra a vez a sus textos, para explorar literariamente hasta dónde podía llegar.
En México y España ya era renombrado; lo invitaban a la televisión y la radio para dar entrevistas y conferencias. En cambio en Chile, tardaron un poco más en reconocerlo, como recordó su antigua jefa de agenda, Jovana Skármeta. Pero con el tiempo, se ganó su lugar. Fue el momento cuando el universo editorial y el gran público descubrieron todo un idioma, una sintaxis y un estilo diferentes, de un chileno exiliado que supo anclarlos en historias potentes y viscerales casi arrancadas de la memoria; historias que lo convirtieron en el primer escritor internacional latinoamericano luego del boom -según el crítico español y amigo íntimo, Ignacio Echevarría-, y que configuraron un nuevo tipo de escritor apátrida, nómade, cuya única bandera fue su lengua.
 
En Barcelona, luego de diez años de luchar contra una enfermedad hepática degenerativa, y a la espera de un trasplante de hígado, Roberto Bolaño murió a los cincuenta años, el 15 de julio de 2003. Estaba casado con Carolina López, con quien tuvo dos hijos: Lautaro y Alejandra. Carolina, su viuda, fue la heredera y albacea literaria, y continúo trabajando en la edición de sus obras con Jorge Herralde, el último editor de Bolaño, y con Echevarría.
A Bolaño, cuando le preguntaron unos años antes qué consejo le daría a los jóvenes escritores, contestó: "Vivir mucho, leer mucho y follar mucho". A poco antes de morir, ante la misma pregunta, recomendó: "Que vivan, que vivan y sean felices".

 

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